La de la propiedad, el bienestar individual y

La
escuela clásica de criminología se originó en la filosofía del Iluminismo. Los
derechos del hombre tenían que ser protegidos de la corrupción y los excesos de
las instituciones existentes. Las penas eran arbitrarias y bárbaras. En este
contexto, Cesare Beccaria fue el primero en formular los principios de la
criminología clásica, basándolos firmemente en las teorías del contrato social
de Hobbes,l Montesquieu y Rousseau.

Beccaria
cree que propende al interés común que no se cometan delitos. Sin embargo,
aunque la pena tiene por finalidad disminuir la incidencia del delito, siempre
debe ser proporcional al grado en que un delito viola la santidad de la
propiedad, el bienestar individual y el bienestar del Estado.

We Will Write a Custom Essay Specifically
For You For Only $13.90/page!


order now

Se
observa que la teoría clásica es, ante todo, una teoría del control social.
Fija, en primer lugar, la forma en que el Estado debe reaccionar ante el
delincuente; en segundo término, las desviaciones que permiten calificar de
delincuentes a determinadas personas; y, tercero, la base social del derecho
penal.

Por
otra parte, la teoría utilitarista nunca ha resuelto plenamente la contradicción
entre la defensa de la igualdad y el énfasis en la propiedad, toda vez que no
presta atención al hecho de que la carencia de bienes puede ser motivo de que
el hombre tenga una mayor probabilidad de cometer delitos, y tampoco tiene
presente la posibilidad de que las recompensas que el sistema ve como tales
estén más fácilmente a disposición de quienes poseen fortunas (u ocupan
posiciones privilegiadas por otros motivos).

Los
neoclásicos, como Rossi, Garaud y Joly, en primer lugar, tuvieron en cuenta las
circunstancias atenuantes. Al imponer penas se debía prestar particular
atención a la situación (es decir, el medio físico y social) en que se
encontraba cada trasgresor. En segundo término, también había que tener
presentes los antecedentes de la persona: cuantos más antecedentes penales
registrase, tanto más podía considerarse que estaba condicionado por
circunstancias externas. Por último, se exhortaba al jurista a que no olvidase
los factores de incompetencia, patología, demencia y conducta impulsiva (esta
última excluía la premeditación).

Tenían
que seguir un rumbo análogo tratando de desarrollar unidades precisas y
calculables de delitos y conductas desviadas, distinguiendo el delito y la
conducta desviada del comportamiento normal sobre una base cuantificable; la
solución inmediata y obvia era recurrir a las estadísticas de criminalidad,
dado que ofrecían algunos detalles sobre la cantidad y los tipos de delitos
cometidos.

Está
se encuentra estrechamente vinculada con el pensamiento positivista. Pueden
distinguirse dos variedades de positivismo: la liberal y la radical. La versión
liberal resuelve los problemas de la objetividad negando que las cuestiones
valorativas sean de interés para el científico. El positivista radical,
sostiene que el científico está desvinculado y actúa independientemente de
intereses sectarios y de preferencias valorativas.

La
reacción social contra el desviado es un problema únicamente cuando la policía
y los jueces actúan de modo ineficiente o con prejuicios al representar a la
colectividad en general. Esa reacción no desempeña función importante alguna en
la explicación de la conducta desviada pues, por definición, los desviados son
personalidades insuficientemente socializadas o patológicas que no pueden
ocupar su lugar en los ámbitos fundamentales de una sociedad sana, y la
desviación, aquello contra lo cual reacciona la mayoría de los hombres
(rectos). u otros en nombre de ellos. La criminología tiene que concentrarse,
entonces, en el delincuente (en su psicología, su medio necesariamente peculiar,
etc.) y no en el derecho penal.

Para que la conducta desviada pueda ser tratada
científicamente, debe entenderse que está sometida a leyes causales
discernibles. Los positivistas rechazaron totalmente la noción clásica de un
hombre racional capaz de ejercer su libre albedrío. En criminología, el proceso
que llevaba a la condición de delincuente nada tenía que ver con el
funcionamiento del Estado